Rufino – Córdoba
Fecha: 30/07/2010 | Autor: m | Sección: Recorridos | Tags: Córdoba, Ruta3, Ruta7, SantaFe | 5 Comentarios »Después de pasar unos cuantos días Excelentes en Rufino, ya lo habíamos dicho pero lo repito por que estuvieron buenísimos y fue un lindo descanso, salimos con ganas de pedalear por la 50 hasta Viamonte pasando por La Cecira, pero no sabíamos lo que nos deparaba el camino…
Al principio la 50 estuvo buena, un poco de viento molesto pero no tanto, y la ruta era de tierra consolidada y apenas transitada, perfecto para andar en bici. Pero antes de alejarnos mucho de Rufino nos encontramos con el primer problema, El GPS marcaba que la 50 seguía por un lugar donde había sólo campo. Decidimos volver los últimos 200 metros y agarrar una paralela, seguros que el mapa del GPS estaba algo corrido. La ruta se volvía cada vez más deshabitada y angosta, y terminamos encontrándonos con un tipo que estaba viviendo en un trailer en el carril izquierdo (si, viviendo, todas sus cosas tiradas por ahí, marcas de fuego, animales, una motito..)
El habitante de la 50 nos confirmó que estábamos efectivamente en esa ruta y también nos dijo que podía llegar a haber unos charquitos más adelante, pero si llegábamos a encontrar una parte que no se pueda pasar, siempre íbamos a poder subirnos a las vías del tren (que estaban paralelas a la ruta) y seguir un rato por ahí.
En fin, los charquitos resultaron ser una tremenda laguna, las vías del tren tampoco nos sirvieron de mucho y el viento empezó a mutar en ráfagas cegadoras de arena y tierra. Media pila, habitante de la 50, tenías esos charquitos a 2 kilómetros de tu casa, nos podrías haber dicho mejor… Al principio no teníamos ganas de volver atrás, así que tratamos de cruzar un campo por ahí a ver si llegábamos a un mejor camino… Caco y yo salimos a scoutear trás unas rejas mientras DHS se quedó cuidando las bicis. Al final no sirvió y perdimos bastante tiempo, pero estuvo bueno pasear por ahí un rato… aunque ya caminar contra el viento estaba difícil.
Nos vimos forzados a volver, así que cambiamos nuestro objetivo, el plan B se convirtió en llegar a la Ruta 7 y parar en Laboulaye. El camino de la “50″ a la 7 estuvo jodido. El viento venía totalmente de frente y nos soplaba tierra a los ojos. El horizonte era blanco y parecía haber una neblina espesa a la distancia. Más adelante nos cruzamos con que el viento nos estaba tirando a la cara humo de basura quemada, suponemos que ahí estaba el basural de la zona. No fue una vista bonita, con pájaros y perros y una vaca comiendo de entre las bolsas, pero tampoco fue el único basural con el que nos cruzamos en el camino. El peor hasta ahora fue en La Carlota (Córdoba,) donde no había basural y la gente iba con carretilla a tirar sus desperdicios al río. En fin, retrocedimos por la 50, atravesamos humareda y ráfagas de viento arenoso y llegamos, muy cansados, a la 7. Ahora había que alcanzar Laboulaye.
Ufff, no saben como estaba ese viento. Ya no de frente, pero de costado, que creemos que es peor por que te quita todo el equilibrio. Tenés que andar contrarrestando la fuerza del viento constantemente, y con cada camión que pasa la fuerza cambia por un momento en el que te ves zarandeado en bici para todos lados. Avanzamos muy alejados de la banquina y ya por el pasto, para poder dejar que el viento nos sacuda un poco sin tener preocuparnos por terminar en medio de la ruta. Pero fue terrible… Las zarandeadas cansaban, el pasto cansaba, y el viento arenoso nos super hinchaba las pelotas.
No alcanzamos a hacer 7 kilómetros por la 7, apenas habíamos entrado a Córdoba, cuando nos encontramos con el plan C. Vimos un monte donde un tipo estaba serruchando y sacando madera de unos arboles caídos y fuimos a ver si nos dejaba acampar ahí. Al final el tipo nos dijo que no era dueño del lugar pero venía a sacar madera todo el tiempo y nunca nadie le dijo nada. No se diga más, pasamos la noche ahí. Teníamos todo lo necesario excepto lo que ese monte nos ofreció, reparo del viento. Nos quedamos un rato merodeando el lugar, recuperando energías, y armamos sólo una carpa bien escondida justo antes que se termine el día, para llamar lo menos posible la atención. Cuando llegó el atardecer, el sol nos recordó que no todo es sufrimiento en la vida del cicloturista. Mirando para arriba nos enteramos que justo ese día había eclipse solar, y nos tocó verlo desde el mejor lugar posible: el medio de la nada, sin ningún edificio en el medio.





























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